Hoy fue la culminación de la gran saga de wallstreetbets, y a pesar de que esto aparentemente está lo más alejado de mis intereses, me veo sorprendido siguiendo los acontecimientos. Hay algo más profundo que unos chavales poniendo a los hedge funds entre la espada y la pared, es una especie de tirón a la cortina que cubre a la realidad, y revela el mecanismo de un juego en el que no somos partícipes. Somos las piezas de un juego de ajedrez que alguien más juega.

Muchos dirán que no es una revelación, que siempre lo hemos sabido, que los ricos y poderosos siempre han tirado de nosotros como títeres, pero nunca lo hemos experimentado como un fenómeno interpersonal. Recuerdo, cuando he trabajado para empresas grandes y pequeñas, lo ridículo que era pretender que hago mi trabajo para el usuario. No podía llamarme UX porque sería una farsa. Unos podrían argumentar que la empresa no aportaría suficiente valor si es que como UX tengo que desaconsejar al usuario de usar nuestro producto.

A la gente que le falta un poco de cordura habla de un consejo de gente poderosa que decide el futuro del mundo, y afirma que son gente vil y cruel que disfruta con el sufrimiento de los demás. Adoradores del diablo. Pero esto es la gestalt que se ha formado con el espíritu de los tiempo, los incentivos de la sociedad moderna son muy extraños: una ballena viva no vale nada, pero una ballena cazada vale un millón de dólares. Una hectárea de selva no vale nada, pero convertido en madera tiene valor. ¿Qué es el dinero? ¿Realmente la gente tiene la vida que se merece? Pareciera que las enseñanzas de Jesús son más vigentes que nunca: es más probable que pase un camello a través del ojo de una aguja de lo que un rico pueda entrar al cielo.

La exhortación de Jesús hacia la pobreza es lo que nos hace libres de las maquinaciones del “consejo del mal”, pero el “consejo del mal” no es más que las sombras proyectadas de los incentivos biológicos de nuestra sociedad. Somos buscadores incansables de estatus, y confundimos el estatus con la virtud, la belleza física con la belleza espiritual, la venganza con la justicia. ¿Por qué se siente como si todo estuviera patas para arriba? Claramente nuestras prioridades están invertidas.

Recuerdo que antes de la pandemia me había encontrado con Gastón Soublette en YouTube. Me gustó mucho lo que habló, ni siquiera recuerdo el tema, pero pensé “soy fan de este viejito”, y luego de un rato habló de que “el mundo como lo conocemos acabaría en menos de veinte años”, y yo pensé “este viejito está chiflado, que pena, me pareció muy interesante lo que estaba contando”. Pero luego se vino el coronavirus, BLM, wallstreetbets… el telón parece haberse caído, y la civilización que pensábamos que teníamos no existe. Está sucediendo una revolución muy distinta a la que hemos visto en épocas pasadas.

El mismo Gastón Soublette hablaba de Lola Hoffman, a quien no conozco y acabo de abrir en Wikipedia, qué historia tan fascinante. Lola Hoffman hablaba vehementemente de que esta época había estado llena de desaciertos, que vivimos en una época muy oscura, pero sabiendo acerca de la naturaleza del universo, necesariamente tenemos que conocer el lado opuesto: una época de luz, de la corrección de esta dirección tan extraña que ha tomado el mundo. Ahora tengo fe en ello, el mundo será mejor muy pronto.

Todo esto lo escribo enteramente sobrio y símplemente como un bosquejo de lo que voy percibiendo. Lo aclaro porque me parece que sería algo que escribiría en un estado alterado de conciencia, y porque conforme lo escribo me parece que voy saltando de un tema a otro, símplemente recogiendo lo que se canaliza a través de mi.

Si lo tuviera que resumir en una frase, sería la certidumbre de que la realidad consensuada se está desmoronando. No se va a caer todo de un día para otro, pero se está llevando a cabo una revolución no-kinética, en la que “las masas” están derrumbando instituciones. Ya nadie quiere ser una pieza de ajedrez en el tablero de otro. La gente reclama su propia soberanía.