Ahora que he releido un montón de lo que he escrito, quiero escribir más del tipo de cosas que aprecio leer meses o años después: el registro de eventos que tienen una repercusión intelectual o emocional en el alma. Pero, al mismo tiempo, he estado tan ensimismado que pareciera que falta la fricción del mundo que es necesaria para causar una agitación interior que revele algo que no sé acerca de mi mismo.

Pareciera que, cuando a un amigo nos llama y nos pregunta con entusiasmo “¿cómo va todo?” y respondemos “todo bien, como siempre”, hay una carencia de fricción que haga que algún evento parezca relevante. Una fricción puede ser “estoy bien, pero la semana pasada murió mi perro” o “todo muy bien, ¡conocí a alguien!”, pero la mayor parte del tiempo estamos tan inmersos en la rutina que al voltear a ver lo que hemos hecho, pareciera que nada sobresale, todo va “como siempre”. Es algo que podría responder un astronauta que llevara semanas en el espacio, no importa lo extraño que sea la vida de uno, siempre hay un “normal” en esa vida.

No es que ayer no haya eventos fuera de lo ordinario, pero son eventos fuera de lo ordinario exteriormente, si no causan una agitación, se puede decir que los eventos pasan sin causar fricción. Esto, como muchas otras cosas en la vía espiritual, paradójicamente puede ser un síntoma de algo positivo o algo negativo. Negativo, cuando no permitimos que los hechos del día nos transformen porque estamos en un estado de conservación, con resistencia al cambio. Positivo, cuando nuestro interior se ha acomodado de tal forma que se encuentra estable, y las fricciones del mundo no ocasionan desacomodos.

El ensimismamiento causa que las preocupaciones que uno experimenta tengan que ver con el yo, y las fricciones del mundo parecen distantes. Pero esta situación es insostenible, pues se experimenta una especie de estancamiento. La vida interior se alimenta de la luz del mundo exterior, por lo que no es buena idea permanecer en estado de introspección durante demasiado tiempo.